Lic.Mónica Beatriz Rodriguez, Psicomotricista.Ella decide cuando es de día ella maneja el solanda pintando toda la casacon trozos de crayón.(…)píntame un árbol que no envejezcapinta en mi habitaciónun árbol verde con hojas frescaspinta con tu crayón ¿Se acuerdan de esta canción?
Varios de nosotros la cantamos en la juventud y disfrutamos imaginándonos a esa niñita mamarrachando las paredes para el placer de su papá. La escena cambió de color cuando esa pasión por el graffiti la vivimos en carne propia. Sin embargo hay un sentimiento ambivalente entre el placer que nos produce ver a nuestros hijos en una actividad tan creativa y los manchones y garabatos que quedan estampados en esa pared recién pintada. En algún lugar sentimos que la estampida gráfica fue destinada a nosotros; a nuestro goce y a nuestra furia…”me escribiste la pared recién pintada!!!”. Tal vez se trata en cada acto psicomotor que realiza un niño una direccionalidad que toca al cuerpo del adulto, en particular si se trata de los padres. Y no es sin esta trasgresión y agresividad puesta en juego con el otro que los niños van conquistando y apropiándose de su psicomotricidad y sus posibilidades motrices.
Antes de que la mano se dedique a la tarea de escribir fue el niño con todo el cuerpo el que fue dejando huella, haciendo escritura. Mucho antes aún, desde un punto de vista lógico, el cuerpo del niño fue soporte material y simbólico, como si fuera hoja de papel, donde se inscribió la letra que la mano de la madre o quien se hizo cargo de la crianza supo deslizar en el ejercicio de la función materna.
La mano del niño que fue libidinizada, erogeneizada y habilitada para investir el cuerpo materno y el cuerpo propio es la misma mano que se va a proyectar en el espacio físico y posteriormente en el espacio gráfico. Así, el graficar tiene el carácter de variable relacional (González, 2009), como producción del cuerpo en tanto proyección destinada a otro. Las huellas, marcas, pisadas que el niño va dejando en el espacio, son efímeras, pierden presencia pasado el instante de su ejecución; sin embargo, constituyen actos de escritura, la prehistoria del grafismo[1]. El cuerpo no es solo espacialidad sino instrumento con el que el niño deja “su sello”, su marca en un espacio que se constituirá en espacio gráfico a partir de la acción misma de graficar. Con esto quiero decir que el espacio gráfico no es un espacio dado sino “habitado”, “conquistado” y “creado” como tal. Pienso el piso, la pared, el pizarrón, la hoja, el cuaderno, como representantes simbólicos del espacio corporal que el niño habitó y encontró sostén y seguridad (el cuerpo materno). Los diferentes soportes-espacios gráficos con los que el niño se va a encontrar van a reeditar la manera particular de vincularse según la huella memorizada de ese encuentro con el otro.
Graficar significa escribir usando un instrumento; viene del griego “graphé”: grafía, acción de escribir, y de ésta, graffiti y gráfico. En Grecia la misma palabra bastaba para escribir y pintar: “graphein”. La palabra grafito, viene del griego “graphis”, lápiz, haciendo referencia al material con que se hacen los lápices. Pero mucho antes de que el instrumento sea un lápiz, cualquier elemento es útil para dejar marcas; prolongan a la mano, a los dedos- especialmente el índice- en esa tarea humana y subjetiva que constituye la escritura. La escritura, en sus rasgos caligráficos, denota el carácter subjetivo que alude a la propia identidad.
¿Acaso el niño pequeño no es un experto en esta materia a través de los juegos de embadurnamiento con la comida, o las marcas que fue dejando con sus dedos y manos al transitar por la casa, en muebles y paredes? Estos primeros grafismos constituyen los primeros intentos de transformar el espacio en espacio gráfico. Transitar por la escritura es transitar el camino de la humanización. Los primeros trazos con los que se expresa el niño utilizan la motricidad global, los diferentes puntos de apoyo, los pies, la superficie corporal, las manos, la lengua, para que a posteriori sea la mano la que condense la capacidad de hacer marca, hacer escritura. Estas primeras expresiones gráficas implican la presencia del cuerpo y constituyen gestos gráficos con valor significante.
Cuando uno se encuentra frente a la producción gráfica de un niño (garabatos, grafismos, dibujos, manchas, letras, pinturas) es el adulto el que le da significación, formas simbólicas que anticipan una producción por venir; de la misma manera que la actividad espontanea del bebé es sancionada por el adulto como jugar, con anterioridad a que aparezca el juego como función simbólica.
Por otro lado podemos situarla cronológicamente, tener idea aproximada de la edad de su autor, leer qué de la singularidad del niño se proyecta en el papel, el uso que hace de la hoja, su organización, la precisión y control del movimiento, la calidad del trazo, la habilidad para el uso de su mano o del instrumento, el contenido, la intencionalidad, el significado que el niño le otorga; también es posible leer los defasajes, los obstáculos, las detenciones, las desarmonías, lo dis-grafico del gesto gráfico.
En algún momento, la escuela dejó de transmitir ciertos saberes respecto de la legalidad de la escritura y del espacio gráfico; sin embargo, la escuela que ya no enseña técnicas de escritura, le demanda a los niños-alumnos por la eficiencia en el trazado de los grafismos y el uso correcto del cuaderno. Como si la escritura y el espacio gráfico fueran objetos que se imponen o se incorporan sin la experiencia necesaria entre el niño y el adulto que crea las condiciones para la apropiación y dominio de dichos objetos, como símbolos de la escuela. Como si la escritura quedara reducida a un objeto de conocimiento que se construye o que entra... ¿la letra que entra con sangre...sudor y lágrimas?
¿Dónde quedó la experiencia corporal ofertada en otras etapas de la constructividad corporal? ¿Qué de la postura, las tensiones, las adecuaciones tónicoposturales o perceptivomotrices?
No es lo mismo definir el escribir como producto de la interacción entre el sujeto cognitivo y la escritura (objeto de conocimiento) que definir el escribir como una acción, que involucra al cuerpo de un sujeto en movimiento. En un caso escribir es una actividad mental, cognitiva; en el otro caso escribir es un acto psicomotor, es acción y representación, una gnoseopraxia[2] en la que interviene tanto el conocimiento del cuerpo, el saber sobre el cuerpo, como el conocimiento de la lengua. El acto de escritura se enlaza sorprendentemente al cuerpo y el lenguaje. El acto de escritura implica un ajuste del cuerpo a la legalidad del lenguaje escrito y del espacio gráfico en el que éste se despliega[3]. El acto de escribir es una acción humana tanto material como simbólica (gesto gráfico), una actividad que enlaza en otro nivel de simbolización, a la postura y la comunicación.
La escritura también enlaza el cuerpo a la cultura: la escritura fue una invención que dio vuelta la historia de la humanidad. El valor que tiene aún hoy la escritura es heredero de ese invento que se remonta a más de 5000 años y de los contextos en los que desarrolló, en particular, en los últimos 200 años, el contexto escolar[4].
El gesto gráfico escolarizado no sólo se somete a la legalidad de la lengua escrita sino que incorpora las demandas históricas de la cultura escolar. Debe someterse a la ley de la escritura, perder la libertad, la espontaneidad, para ajustarse a los caminos indicados por la letra... hay que “hacer buena letra”, disciplinar el grafismo si un niño quiere transformarse en alumno. Así como el niño se apropia de “la lengua materna”, por la donación que realiza la madre, la escritura está sometida a la ley del padre. Varios dichos populares nos recuerdan cómo la escritura representa la ley y el orden: “hacer buena letra”; “poner los puntos sobre la íes”, “al pie de la letra”; “la letra con sangre entra”. (Calmels 1998)
Del garabato a la escritura el niño debera reprimir la espontaneidad y la libertad de acción, frenar sus impulsividad, pasar de escribir con la totalidad del cuerpo a segmentarizar el funcionamiento al uso de la mano y el control posturomotriz que este ajuste demanda . Sin embargo la estructura tónico postural, como telón de fondo, está siempre presente, es ahí donde no podemos eludir al cuerpo, es más, el cuerpo esta presente en la medida en que está ausente: ausente en el silencio de la representación y de la distensión.
En los primeros aprendizajes de los trazos, dibujos y letras el niño vuelve al tallado, busca la profundidad en la hoja, utiliza al lápiz como si fuera un punzón, realiza presión, a veces necesita tocar la mina del lápiz o la pluma de la lapicera para contactar la yema de los dedos con el material que luego se plasma en el trazo: involucra a todo su cuerpo, “no es lo gráfico manual, es lo gráfico corporal” ...”el niño escribe con todo su cuerpo y el cuerpo escribe con todo el niño” (Calmels, 1998) A veces demasiado presente en la tensión de manera que obstaculiza la adecuación del cuerpo a la escritura (disgrafías, calambres del escribiente). Es ahí, en la estructura tónico postural donde ubicamos el origen de los trastornos de la escritura, las llamadas disgrafías. También en el lugar que asumen los objetos escolares (lápiz, cuadernos, pupitre, pizarrón), en la relación entre el niño y el adulto, la calidad de las experiencias con esos objetos y los modos de transmisión, la escena discursiva en que acontece la enseñanza y el aprendizaje de la escritura, particularmente la cursiva o la “manoescrita” como la denominan muchos niños. En la clínica psicomotriz a partir de consultas he podido constatar disgrafías con valor de síntoma para el niño anudadas a los avatares de la conflictiva edípica y disgrafías como síntomas escolares o más comúnmente la combinación de ambos. El niño ingresa a la escuela con un saber acerca de la escritura, un saber y un modo de conocer que no excluye ni la historia del cuerpo ni las experiencias escolares que van delineando el armado de la subjetividad.
Agosto de 2009
CALMELS, Daniel (1998) “El cuerpo en la escritura”, Capítulo de Psicomotricidad, Bs As, D&B editores
GONZALEZ, Leticia (2009) “Apuntes sobre el desarrollo psicomotor”, Bs As, Ed. Eduntref
RODRIGUEZ, Mónica B (2004) “De grafismos, dibujos y escritura.
Algunas conceptualizaciones desde la P
Psicomotricidad”, clase correspondiente al
seminario “El grafismo y su relación con lo
inconciente” de la Revista de Psicoanálisis de
[1] El grafismo, en su forma de garabato, dibujos o lenguaje escrito, es un hecho de cultura, es una praxia que diferencia al hombre de las demás especies animales, es un intento de expresión, comunicación y trascendencia. La escritura es siempre comunicación, aún consigo mismo.
[2] Así la define el Dr Julián De Ajuriaguerra
[3] El tiempo, la temporalidad se inscriben en el cuerpo a partir del lenguaje oral, la lengua materna. Es la lengua materna la que debe reconstruirse a partir de la especialidad impuesta por la escritura.
[4] Cuenta Emilia Ferreiro, que en las primitivas sociedades donde se inventaron algunos de los sistemas de escritura, fue necesario que se formaran profesionales especializados en ese arte: grabar en arcilla o en piedra, pintar en seda, tablillas de bambú, papiro o en muros, esos signos misteriosos, ligados al ejercicio del poder. Además las funciones de leer y escribir estaban claramente separadas (los escribas no eran lectores y los lectores no eran escribas). En esa época no había fracaso escolar, a pesar del riguroso entrenamiento al que eran sometidos los elegidos como escribas. Sostiene, E Ferreiro que todos los problemas de alfabetización comenzaron cuando se decidió que escribir no era una profesión, sino una obligación y que leer no era marca de sabiduría sino marca de ciudadanía. La escuela supo enseñar las técnicas para que luego surgiera como por arte de magia el arte, y el fracaso de los que no lo conseguía paso a se responsabilidad de los alumnos (debilidad, inmadurez, dislexia) y en las últimas décadas del XX problemas socioculturales.
