Lic.Mónica Beatriz Rodríguez
Cuerpo y Discapacidad
Los especialistas (docentes o terapeutas) que nos dedicamos a trabajar en discapacidad, sabemos que existe una diferencia puesta en juego ya sea del lado de la lesión real (niños con handicap en su motricidad, visión o audición, cromosomas de más o de menos, trastornos metabólicos, entre otros) o del lado de lo que llamaríamos, lesión fantasmática. Los psicomotricistas diremos que se trata del cuerpo; del “cuerpo de un niño” (o de un bebé cuando la intervención es temprana) pero también del “niño del cuerpo”. Este “juego de palabras” intenta introducir la dimensión simbólica del jugar, del lenguaje y en consecuencia del cuerpo. Vemos frecuentemente en la práctica pedagógica o reeducativa que cuando de la discapacidad se trata, lo que en muchos casos no encuentra lugar, es el carácter metafórico que le da un sentido al cuerpo, más allá del organismo.
A veces padres y profesionales quedan atrapados en un cuerpo “sin niño”, sin instancia subjetiva que se encarne dialécticamente en la estructura biológica; cuerpo fallado al que hay que ejercitar, manipular, entrenar para que se ajuste lo más posible al cuerpo imaginado, sin fallas, “normal”. ¿Es posible pensar en un cuerpo des-subjetivado? Acá nos estaríamos aproximando al cuerpo de la psicosis: cuerpo-cosa, cuerpo-objeto, cuerpo-máquina, o cualquier otra imagen que fragmente al cuerpo y lo escinda de la instancia subjetiva.
También se puede caer en la trampa ilusoria de mirar al niño desconociendo que porta un cuerpo con algunas necesidades especiales, sea porque la función motriz está afectada, o la estructura tónica no facilita el armado de las posturas, o alguno de sus sentidos limita la entrada de estímulos, o su sistema nervioso no deja de convulsivar, comprometiendo en todos los casos la recepción y las respuestas en el intercambio con el otro.
Podríamos pensar que el déficit es algo más con lo que el bebé o el niño deberá lidiar, viniendo a reduplicar una insuficiencia en el cuerpo ya que comparado con cachorros de otras especies se encuentra en un estado de prematurez biológica; pero también viniendo a reduplicar una “incompletud” del cuerpo que lo es, por estructura. Sin embargo los efectos de la patología y del diagnóstico en el imaginario de los padres, les viene a trastocar las funciones (materna y paterna), esto es, el discurso y el accionar sobre el cuerpo de “ese”, o de “este chico”, que no siempre ocupa el lugar de “hijo”, lugar imprescindible para que un niño/a se constituya como persona singular y sexuada, con un nombre y apellido que lo ligue a las generaciones pasadas y futuras.
Orígenes del cuerpo
La estructura biológica- el organismo- es lo que el bebé trae al nacer, posibilitando y limitando al mismo tiempo el desarrollo; es sobre esta base que se estructura el aparato psíquico y la estructura cognitiva. Estos tres sistemas constituyen los aspectos estructurales del desarrollo, que en los primeros años están absolutamente imbricados. De estos aspectos, paulatinamente se van diferenciando los instrumentos a través de los cuales el bebé realiza sus intercambios con el medio y simultáneamente se va apropiando de ellos: motricidad, postura, juego, pensamiento, lenguaje y comunicación, hábitos y socialización. Para que este recorrido suceda, para que el niño vaya construyendo y apropiándose de su cuerpo es imprescindible que encuentre el punto de partida y su lugar en la relación con el otro. El cuerpo del otro es origen y lugar que va a permitir al niño delinear y accionar con su cuerpo, haciendo de su accionar un acto significante.
Este pasaje del cuerpo del otro por el cuerpo del bebé deja marcas, huellas, impresiones que van definiendo la manera singular de ser y de hacer, situando, al decir del Dr. Bergés, al cuerpo en el lugar de receptáculo: receptáculo de la voz, de la mirada, del contacto, del pecho, de caricias. En este sentido es la mirada materna la que enlaza el cuerpo al lenguaje, anticipando, induciendo a la postura, dando sentido y poniendo palabras en el receptáculo tónico. Así, la estructura psicomotriz se irá desplegando, siempre y cuando sea posible el interjuego entre la presencia y la ausencia, es decir, en la medida en que la madre esté y no esté, mire y no mire más, toque y deje de tocar, nombre y produzca silencios.
Vuelvo a insistir en que más allá de la patología de base, es este circuito transferencial entre padres e hijos, el que se encuentra obstaculizado, encontrándonos con trastornos o síntomas psicomotores sobreimpresos al diagnóstico de organicidad. Esto es lo que fundamenta la intervención específica de un abordaje psicomotor en niños con trastornos del desarrollo.
Psicomotricidad y Discapacidad
¿Cuál es la pertinencia de una intervención en psicomotricidad (con el bebé, con el niño o con el adolescente) cuando se trata de un diagnóstico de discapacidad o de retraso madurativo?
La intervención del psicomotricista apuntará a habilitar al niño a apropiarse de su cuerpo, explorar el espacio, el movimiento, los objetos, armando otras relaciones entre su cuerpo y los otros a través del cuerpo del terapeuta (ligándose al cuerpo del otro para luego ir diferenciándose) en cada encuentro de miradas, juegos, fluctuaciones tónicas, silencios, dibujos, gritos, palabras, posturas. En el devenir de cada tratamiento, el objetivo se centrará en que el cuerpo retome o construya su función de receptáculo, que vaya portando nuevas marcas que en el interjuego de repetición y diferencia se inscriban como marcas significantes.
La originalidad del abordaje psicomotor, sea en el diagnóstico o en un tratamiento de las perturbaciones psicomotrices, consiste en centrar la mirada y las intervenciones sobre las posibilidades del sujeto y no sobre sus aspectos deficitarios. Por lo tanto, el fin de un tratamiento terapéutico en Psicomotricidad es que el cuerpo del sujeto, adquiera en la realidad la capacidad funcional que le es propia, acorde a sus posibilidades y deseos.
Lic. Mónica Beatriz Rodríguez
Los especialistas (docentes o terapeutas) que nos dedicamos a trabajar en discapacidad, sabemos que existe una diferencia puesta en juego ya sea del lado de la lesión real (niños con handicap en su motricidad, visión o audición, cromosomas de más o de menos, trastornos metabólicos, entre otros) o del lado de lo que llamaríamos, lesión fantasmática. Los psicomotricistas diremos que se trata del cuerpo; del “cuerpo de un niño” (o de un bebé cuando la intervención es temprana) pero también del “niño del cuerpo”. Este “juego de palabras” intenta introducir la dimensión simbólica del jugar, del lenguaje y en consecuencia del cuerpo. Vemos frecuentemente en la práctica pedagógica o reeducativa que cuando de la discapacidad se trata, lo que en muchos casos no encuentra lugar, es el carácter metafórico que le da un sentido al cuerpo, más allá del organismo.
A veces padres y profesionales quedan atrapados en un cuerpo “sin niño”, sin instancia subjetiva que se encarne dialécticamente en la estructura biológica; cuerpo fallado al que hay que ejercitar, manipular, entrenar para que se ajuste lo más posible al cuerpo imaginado, sin fallas, “normal”. ¿Es posible pensar en un cuerpo des-subjetivado? Acá nos estaríamos aproximando al cuerpo de la psicosis: cuerpo-cosa, cuerpo-objeto, cuerpo-máquina, o cualquier otra imagen que fragmente al cuerpo y lo escinda de la instancia subjetiva.
También se puede caer en la trampa ilusoria de mirar al niño desconociendo que porta un cuerpo con algunas necesidades especiales, sea porque la función motriz está afectada, o la estructura tónica no facilita el armado de las posturas, o alguno de sus sentidos limita la entrada de estímulos, o su sistema nervioso no deja de convulsivar, comprometiendo en todos los casos la recepción y las respuestas en el intercambio con el otro.
Podríamos pensar que el déficit es algo más con lo que el bebé o el niño deberá lidiar, viniendo a reduplicar una insuficiencia en el cuerpo ya que comparado con cachorros de otras especies se encuentra en un estado de prematurez biológica; pero también viniendo a reduplicar una “incompletud” del cuerpo que lo es, por estructura. Sin embargo los efectos de la patología y del diagnóstico en el imaginario de los padres, les viene a trastocar las funciones (materna y paterna), esto es, el discurso y el accionar sobre el cuerpo de “ese”, o de “este chico”, que no siempre ocupa el lugar de “hijo”, lugar imprescindible para que un niño/a se constituya como persona singular y sexuada, con un nombre y apellido que lo ligue a las generaciones pasadas y futuras.
Orígenes del cuerpo
La estructura biológica- el organismo- es lo que el bebé trae al nacer, posibilitando y limitando al mismo tiempo el desarrollo; es sobre esta base que se estructura el aparato psíquico y la estructura cognitiva. Estos tres sistemas constituyen los aspectos estructurales del desarrollo, que en los primeros años están absolutamente imbricados. De estos aspectos, paulatinamente se van diferenciando los instrumentos a través de los cuales el bebé realiza sus intercambios con el medio y simultáneamente se va apropiando de ellos: motricidad, postura, juego, pensamiento, lenguaje y comunicación, hábitos y socialización. Para que este recorrido suceda, para que el niño vaya construyendo y apropiándose de su cuerpo es imprescindible que encuentre el punto de partida y su lugar en la relación con el otro. El cuerpo del otro es origen y lugar que va a permitir al niño delinear y accionar con su cuerpo, haciendo de su accionar un acto significante.
Este pasaje del cuerpo del otro por el cuerpo del bebé deja marcas, huellas, impresiones que van definiendo la manera singular de ser y de hacer, situando, al decir del Dr. Bergés, al cuerpo en el lugar de receptáculo: receptáculo de la voz, de la mirada, del contacto, del pecho, de caricias. En este sentido es la mirada materna la que enlaza el cuerpo al lenguaje, anticipando, induciendo a la postura, dando sentido y poniendo palabras en el receptáculo tónico. Así, la estructura psicomotriz se irá desplegando, siempre y cuando sea posible el interjuego entre la presencia y la ausencia, es decir, en la medida en que la madre esté y no esté, mire y no mire más, toque y deje de tocar, nombre y produzca silencios.
Vuelvo a insistir en que más allá de la patología de base, es este circuito transferencial entre padres e hijos, el que se encuentra obstaculizado, encontrándonos con trastornos o síntomas psicomotores sobreimpresos al diagnóstico de organicidad. Esto es lo que fundamenta la intervención específica de un abordaje psicomotor en niños con trastornos del desarrollo.
Psicomotricidad y Discapacidad
¿Cuál es la pertinencia de una intervención en psicomotricidad (con el bebé, con el niño o con el adolescente) cuando se trata de un diagnóstico de discapacidad o de retraso madurativo?
La intervención del psicomotricista apuntará a habilitar al niño a apropiarse de su cuerpo, explorar el espacio, el movimiento, los objetos, armando otras relaciones entre su cuerpo y los otros a través del cuerpo del terapeuta (ligándose al cuerpo del otro para luego ir diferenciándose) en cada encuentro de miradas, juegos, fluctuaciones tónicas, silencios, dibujos, gritos, palabras, posturas. En el devenir de cada tratamiento, el objetivo se centrará en que el cuerpo retome o construya su función de receptáculo, que vaya portando nuevas marcas que en el interjuego de repetición y diferencia se inscriban como marcas significantes.
La originalidad del abordaje psicomotor, sea en el diagnóstico o en un tratamiento de las perturbaciones psicomotrices, consiste en centrar la mirada y las intervenciones sobre las posibilidades del sujeto y no sobre sus aspectos deficitarios. Por lo tanto, el fin de un tratamiento terapéutico en Psicomotricidad es que el cuerpo del sujeto, adquiera en la realidad la capacidad funcional que le es propia, acorde a sus posibilidades y deseos.
Lic. Mónica Beatriz Rodríguez
(Psicomotricista –UNTREF-, Terapeuta de Estimulación Temprana, ex -coordinadora del Equipo de Estimulación Temprana del Htal Narciso López -Ex vecinal de Lanús, coordinadora de TECAR 1° Centro de PSICOMOTRICIDAD de la Zona Sur )
tecarpsm@gmail.com
tecarpsm@gmail.com
Aclaración: El siguiente escrito forma parte de una nota publicada en el boletín “Comunicaciones en Psicomotricidad N°12” (marzo de 2001)